Capitulo 1
Ashley se estiró como un gato y bostezó con tal ahínco que pude ver
el pedacito de carne flácida al fondo de su garganta.
—Sí, no. No
sé —dijo tras
el bostezo—. ¿Cuatro,
quizá? A ver,
un
momento… —contempló el techo de la sala común, como si los pegotes de
papel adheridos con escupitajos le fueran a proporcionar alguna clase de
discernimiento en cuanto
a sus estadísticas
sobre la práctica
de sexo
durante las vacaciones—.
Sí, cuatro —se
rascó el aro
que llevaba en la
ceja. La encantadora Ashley y su insaciable necesidad de ser
transgresora.
Me rebullí en la silla. En parte porque, aunque estábamos en septiembre,
hacía un calor espantoso y «sillas de sala común tapizadas de tejido que
pica + muslos sudorosos = incomodidad asegurada». Pero también porque
guardaba un secreto. Bueno, no es que fuera un secreto; pero aun así no
me apetecía gritarlo a los cuatro vientos. Una chica tiene sus
principios.
Donna le dedicó un breve aplauso a Ashley.
—Buen trabajo, señorita.
Y ahora, recapitulemos. Yo,
cero… —se llevó
el
dorso de la mano a la frente, fingiendo consternación—. Obviamente, solo
uno para doña Monogamia, aquí presente.
Cass sonrió con
cierto aire de
culpabilidad y se
abrazó las rodillas.
Pobrecilla, después de casi cuatro años con Adam está al cabo de la
calle.
Basta con decir que él no es precisamente don Monogamia.
—Lo cual nos deja únicamente a ________ nuestra amiga feminista —Donna
se dejó caer sobre mis rodillas y me enganchó el brazo alrededor del
cuello.
—¿Alguna noticia, mmm…?
—preguntó mientras apretaba
su mejilla
contra la mía y movía las pestañas. Se pone tal cantidad de rímel que
noté
una corriente de aire. La aparté de un impulso. Pesaba un montón.
—Eso no se
contesta —respondí con
recato, si bien
no pude evitar
una
sonrisa. En serio, soy tonta del culo.
Donna, sentada a mis pies, se giró con brusquedad y levantó la vista
para
mirarme; sus ojos oscuros se veían enormes.
—Madre mía, ¡lo has hecho, sí!
No se me ocurrió otra cosa que soltar una risita. Ya lo sé: patético.
Ash y Cass se inclinaron hacia delante en sus respectivas sillas, como
si
yo estuviera a punto de dar a conocer la noticia del siglo, y me
encontré
con tres pares
de ojos que
me taladraban y
tres pares de
cejas que se
elevaban hasta el cielo.
—¿Qué?
Ash soltó un gruñido y me lanzó el corazón de su manzana.
—¡Cuéntanoslo!
—Bueno, se llama
Harry… —comencé a
decir, pero los
chillidos de mis
amigas ahogaron mi
voz. Durante unas
décimas de segundo,
reinó el
silencio en la sala y todo el mundo se giró para mirarnos, pero se
esfumó
tal como había
llegado. En el
primer día del
trimestre, no era
el único
episodio de cotilleo que levantaba chillidos.
—Ya SABÍA yo que algo estaba pasando —se jactó Cass con entusiasmo—.
Desde que llegamos, has estado pegando botes en plan Tigger.
Donna me propinó en el brazo un afectuoso golpe con los nudillos.
—¡Quién se lo habría imaginado! Nuestra pequeña _______, la que odia a
los
hombres, por fin ha madurado.
—¡Eh! Vete a
la mierda —repliqué
con tono amable
al tiempo que me
frotaba el brazo—. Además, no odio a los hombres.
—Bueno, ¿qué pasó?
—preguntó Cass, que
se frotaba las manos ante
la
expectativa de la sustanciosa confidencia que yo estaba a punto de
servir.
Así que se lo conté.
Empezó con un balón de fútbol de princesas de cuento.
Nos encontrábamos en
España de vacaciones,
mi madre, mi
padre y yo
con mi hermano pequeño, Daniel. Tiene doce años y está en su momento
álgido de capullo total, por lo que me había propuesto mantenerme
alejada
de él. De hecho, mis planes consistían en tomar el sol, leer, nadar,
comer
y, si acaso, hacer algo de turismo e ir de compras. Nada más. A ver, mis
padres me caen bien. Por lo general, me agrada su compañía. Pero lo que
ellos buscaban en
las vacaciones y
lo que buscaba
yo quedaba a la
distancia entre, pongamos
por caso, madrugar
para visitar ruinas
históricas y dormir hasta el mediodía reuniendo la energía suficiente
para
una ajetreada tarde de ociosidad.
Los tres primeros días paseamos por la playa. Mis padres fingieron tener
en cuenta mis necesidades pero, luego, la llamada del paisaje les resultó
irresistible y se
llevaron a Dan
(¡vaya pringado!) en
el coche de
alquiler
hasta lo alto de unas montañas a hacer fotos de «las vistas» mientras
que
yo, pertrechada con mi iPod y mi libro, me encaminé a la playa dispuesta
a
la inactividad total.
Extendí la toalla,
me apliqué bloqueador(factor 30)
en las zonas
al descubierto y me
acomodé para disfrutar
de un poco
de «chico-conoce-a-chica» con
la
música de fondo
de Ellie Goulding.
Me encantaba tomar
el sol así,
sin
nadie más. Pensé en las patatas fritas y en el chocolate que se mantenía
frío en la
bolsa isotérmica que
tenía a mi
lado. Mis padres
eran de la
opinión de que picar cualquier cosa entre comidas denotaba una especie
de defecto en el carácter. Como si fuera honroso llegar a la cena
debilitado
por el hambre. Pero no estaban presentes para mostrar su desacuerdo. Me
estremecí de satisfacción. Y entonces, un balón de fútbol salió
disparado
de la nada y rebotó en mis gafas de sol, haciendo saltar ambos
cristales.
—¡AY! ¿Pero qué…?
—bramé, indignada, mientras
sujetaba mis pobres
gafas destrozadas. No
eran muy buenas,
pero esa no
era la cuestión.
Levanté la mirada y vi que alguien se cernía sobre mí. El sol me daba en
los ojos; pero
caí en la
cuenta de que
era un chico,
más o menos
de mi
edad, y no parecía especialmente arrepentido.
—¿Qué diablos estás haciendo? ¡Me ha dolido, joder! —me había sonrojado
con un atractivo
tono remolacha, en
parte por el
susto y el
dolor; pero
sobre todo porque el enfrentamiento no va conmigo. A lo más que llego es
a chasquear la
lengua en señal
de fastidio; pero
estaba tan furiosa
que
había explotado, sin más.
—Lo siento mucho,chica —se disculpó él entre risas—. Ha sido sin querer.
Ben es un manta como centrocampista —señaló a tres chicos, que a su vez
me señalaban y se reían de mí. Genial.
—Sí, bueno, por poco me dejás ciega —respondí con un gruñido.
—No te ofendas, pero para mí que no —replicó el chico, aún sonriendo con
suficiencia. ¿Por qué estaba tan risueño?—. Solo es plástico. Mira.
Me tendió el balón. Estaba decorado con princesas de cuento. Y, aunque
no me enamoré
de él en
ese mismo instante,
sin duda alguna
fue el
comienzo.
Naturalmente, no pude evitar una sonrisa.
—Bonita pelota —observé.
Luego, me volví
a sonrojar mientras
luchaba
contra el impulso de mirarle la bragueta.
Lanzó el balón al aire de un rodillazo y ejecutó un par de juegos de
toques.
—Gracias. Me la encontré por ahí.
—Pues que linda. Sí que has tenido suerte —repliqué en plan ingenioso.
Inclinó la cabeza
a un lado
como diciendo: «Qué
chica tan rara»;
pero
entonces, a pesar de mis escasas dotes de conversación, se dejó caer en
la
arena, a mi lado.
—Me llamo Harry —dijo.
—Hola, Harry —se
me quedó mirando
unos instantes. Boquiabierta, le
devolví la mirada. Ay, mierda. De acuerdo. Sutilezas sociales—.
_________ —
añadí a toda prisa.
—Bueno, encantado de conocerte,_____ —dijo él, y sonrió de nuevo. Su
dentadura era perfecta
hasta un punto
ridículo, lo que
explicaba las
continuas sonrisas. Quería fardar. Bajó la vista para espantar una mosca
que tenía en
el pie y
aproveché la oportunidad
para echarle un
buen
vistazo. Pelo corto
y castaño claro
que se le había puesto rizado, en
plan
surfero, por la
espuma del mar;
ojos verde esmeralda, delgado
pero no
esquelético, y no llevaba más que un bañador holgado tipo bermuda. No se
podía negar: estaba buenísimo.
—Y dime, ¿has venido sola? —preguntó al tiempo que se pasaba la pelota
de una mano a otra.
Negué con la cabeza.
—Con mis padres —luego, rápidamente, añadí—: pero voy a mi rollo casi
todo el tiempo. ¿Y tú?
—Estoy con esos —respondió Harry mientras señalaba con la barbilla a sus
amigos, que ahora
dedicaban todas sus
energías a pegarse
empujones
sobre la arena—. Colegas de la uni.
Nos quedamos mirando a uno de ellos, que se agarraba el pecho y moría a
cámara lenta y con gesto
teatral bajo una
imaginaria ráfaga de
ametralladora lanzada por otro. Enarqué una ceja.
—Ah, no me
digas, ¿qué estudias?
—pregunté—. ¿Introducción a las
tonterias? (¡Yo, entablando
conversación! Siempre y
cuando sus amigos
se mantuvieran a
distancia, me encontraría
a salvo. Me
sentía capaz de
enfrentarme a una
persona nueva; pero,
¿a personas nuevas,
en plural?
Era algo así
como la peor
de mis pesadillas.
No sabía qué
hacer, qué
decir… Ni siquiera cómo quedarme de pie. ¿Debía colocar las manos a la
espalda? ¿Cruzar los brazos? ¿Qué expresión debía poner? ¿Lo ves? Una
pesadilla. De modo que, al final, no decía ni pío. Seguramente, de ahí
venía
mi reputación como
aborrecedora de hombres.
La gente confundía
mis
pésimas habilidades sociales con una actitud distante.)
De todas formas, ¡alabado sea el Señor! Porque Harry se echó a reír.
—Sí, además de Estudios Avanzados del Pene —respondió. Luego, le tocó a
él sonrojarse, ¿o fueron imaginaciones mías?—. A ver, no en sentido
literal,
ya sabes… lo de estudiar penes.
Solté una carcajada.
—Tranquilo. Sé a qué te refieres.
—Wow —me miró
a los ojos
unos instantes y
volvió a esbozar
aquella
Sonrisa.
A mi pesar,
noté un cosquilleo
de excitación. Ahí
estaba yo, ¡la
reina
virgen! Sentada en una playa española, hablando con un chico guapísimo
y divertido que acababa de mirarme fijamente a los ojos. Mis amigas no
se
lo iban a creer. Maldita
sea, ni yo
misma me lo
creía. Odiaba ser
virgen
entre, bueno, un
mogollón de no
vírgenes. Lo odiaba;
pero, al mismo
tiempo, me había
resignado bastante a
permanecer en ese
estado para
siempre. La idea
de gustarle a
un chico lo
suficiente para que
quisiera
hacerlo conmigo resultaba, no sé… rara.
No es que
yo tuviera problemas
de autoestima. No
me pasaba las
horas
delante del espejo odiando mi cuerpo; no me maquillaba mucho; además,
tenía ambiciones. Quería
ser escritora de
mayor y estaba
decidida a
conseguirlo. Por ejemplo, si me daban media hora para quedarme mirando
al vacío e imaginarme en el futuro firmando libros en la cadena de
librerías
Waterstones, allí estaba
yo. Pero, ¿en
una escena basada
en el sexo?
Mucho menos creíble. Quién lo diría.
—… en cualquier caso, ven con nosotros si te apetece —Harry me miró con
actitud expectante. Mierda, había estado tan ocupada analizando nuestra
conversación que, de
hecho, se me
había olvidado tomar
parte en ella
(siempre me pasa lo mismo).
—Perdona, ¿me lo repites?
Me volvió a clavar la mirada en plan «atención, chica rara» y respondió:
—Esta noche vamos
a organizar una
barbacoa en la
playa. ¿Te parece
venir?
—Sí, claro. Wow.
Por supuesto que
sí —afortunadamente, me
detuve
antes de añadir: «Le pediré permiso a mi madre».
Harry se levantó de un salto y se limpió la arena del costado.
—Bien, genial. Nos vemos aquí, hacia las nueve.
Dicho esto, agarró
su pelota de
princesas y salió
corriendo a seguir
pateando a Cenicienta en la cara, una y otra vez.
Aquel mismo día,
durante el almuerzo,
saqué a relucir
mis planes para
más tarde.
—Estaba pensando en
salir esta noche
—comenté mientras, con
aire
despreocupado, me servía patatas en el plato.
Noté los ojos de mis padres clavados en mí.
—¿Ah, sí? ¿Con quién? —preguntó mi padre, yendo al grano, como tiene
por costumbre.
—Con una gente que he conocido en la playa.
—¿Gente… o chicos?
—mi padre abrió
los ojos como
platos y agitó
los
dedos.
—Chicos… —respondí con
tono exagerado, imitándole—. Pero
no te
preocupes, son de mi edad.
Mi padre lanzó un chorro de salsa sobre su filete.
—Ah, de acuerdo,
en ese caso
no me preocupa
nada —mi madre
y él
intercambiaron una sonrisa de satisfacción. Odiaba cuando se ponían en
plan «¡Ay!, mira nuestra adolescente, jugando a ser mayor».
Elevé los ojos al cielo.
—Bueno, estábamos pensando en montar una orgía a lo bestia; pero si te
hace sentir mejor, solo iremos a la playa a organizar una barbacoa.
—¿Qué es una orgía? —preguntó Dani de sopetón.
—Estupendo —respondió mi madre, haciendo caso omiso de la pregunta—
. Pero no vuelvas muy tarde. Y no te emborraches —volvió a intercambiar
una sonrisa con
mi padre. ¡Ah!
Qué divertido tener
una hija adolescente
que no te da problemas.
«Cuidado —pensé—. Puede que eso vaya a cambiar.»
Esa noche recorrí
a tropezones el
camino que conducía
a la playa, con
mariposas en el
estómago y un
bronceado artificial en
las piernas. Me
había pasado una
cantidad de tiempo
absurda decidiendo qué
ponerme,
desde ir poco
arreglada hasta un
punto ridículo (bikini)
a la
ridiculez máxima (tacones
altos). Por fin,
opté por un
vestido playero de
H&M, chanclas y
una pashmina de
mi madre por
si refrescaba. No
precisamente el último grito, pero es que la moda no es lo mío.
Cuando llegué a
la playa, la
luz empezaba a desvanecerse
y me detuve
unos instantes a observar a aquel chico extraño que, más extraño
todavía,
parecía haberse interesado por mí. Estaba sentado en la arena, y la luz
del
sol poniente le proporcionaba una especie de resplandor de bronce.
Miraba
hacia el mar y, de vez en cuando, daba un trago de una botella de
cerveza.
Sus amigos hacían el tonto en el agua; los gritos y las carcajadas
fluían y
refluían como el mar. Pero Harry se contentaba con quedarse sentado y…
ser
él.
Entonces, ¡ping! Me enamoré. En lo que una señal tarda en llegar del ojo
al
cerebro, había pasado de ser una chica de diecisiete años
lamentablemente inexperta y con absurdos principios morales a otra que,
tan solo, había estado esperando a la persona más adecuada. Por poco me
echo a reír.
Respiré hondo y
me dirigí a
la playa. Las
chanclas se me
resbalaban sobre la arena, de modo que mis sofisticados pasos oscilantes
se tornaron en atractivos tumbos propios de un borracho.
—¡Eh, ______! —dijo Harry al tiempo que se levantaba y me plantaba un
beso
en la mejilla.
Tenía barba de
dos días y
desprendía un olor
de lo más
agradable; fresco, como a pepino.
—Siéntate. ¿Algo de
beber? —me preguntó
mientras me ofrecía
una
cerveza; es una
bebida que odio,
pero la acepté
de todas formas.
Miré
alrededor en busca de la barbacoa.
—Resulta que cumplen
esa norma de
«prohibido hacer barbacoas»
—
explicó Harry, leyéndome el pensamiento—. Nos han confiscado la nuestra
—
sacó hacia fuera el labio inferior con aire insolente, como un niño
pequeño
y, lo siento mucho, pero me pareció una monada.
—¿Por qué no estás con tus amigos? —pregunté; acto seguido, di un trago
de cerveza e hice una mueca. Harry me miró.
—No te gusta, ¿verdad? —dijo con una sonrisa.
—La verdad es que no —admití.
—Trae, yo me
la tomaré —sus
manos rozaron las
mías cuando cogió
la
botella—. Me parece que ahí tenemos un par de coca colas —señaló con la
barbilla una bolsa de supermercado.
—Gracias —respondí. Cogí una y la choqué contra su botella—. Salud.
—Salud también para ti,______ No-le-gusta-la-cerveza.
—Dime, ¿cómo es que no estás nadando? —volví a preguntar
Harry bajó la vista hacia la arena y sonrió; luego, subió los ojos y los
clavó en
los míos.
—Porque tengo buenos amigos —repuso en plan enigmático.
—Ya esta bien, Wow
—respondí, sin querer
hacer suposiciones. Aunque
estaba haciendo suposiciones por un tubo. ¿De veras se habían marchado
para dejarnos a solas?
Harry no apartó sus ojos de los míos, y noté que la cara se me ponía al
rojo
vivo.
—Eres muy guapa,
¿verdad? —dijo, sin
más. Imaginé que
se trataba de
una pregunta retórica.
¿Qué se suponía
que debía responder?
¿«Bueno,
como salta a la vista, no soy lo que se dice guapa. Sin embargo, bajo la
luz
adecuada, resulto bastante
mona.»? Me quedé
callada y esbocé
una
sonrisa bobalicona. Y es que, aunque sepas que un cumplido no es verdad,
el hecho de oírlo te alegra el alma. Di un sorbo de Coca-cola solo por hacer
algo más que sonreír como una idiota.
Con los ojos en mi boca, Harry acercó su cara a la mía. Me gustaría
decir que
nuestros labios se
fundieron en un
apasionado beso mientras
las olas
chocaban de forma
simbólica frente a
nosotros. Pero, en
realidad, me
atraganté con la bebida.
—Ay, Dios —dije cuando, por fin, dejé de farfullar—. No se suponía que
eso
iba a pasar —me atreví a mirar a Harry pero, en vez de observarme con la
repugnancia que me merecía, sus ojos centelleaban con lo que,
sospechosamente, parecía afecto.
Con suavidad, me
colocó una mano
detrás de la cabeza.
—Ven aquí, vamos —dijo, y tiró de mí hacia él.
Pie de entrada para el beso.

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